Salir de deudas no fue un problema de matemáticas. Las cuentas las entendía. Era un problema de cabeza: de rendirme a mitad, de sentir que no avanzaba, de pagar un poco a cada cosa y no ver nunca cerrarse nada. Cuando cambié de estrategia no cambié mis ingresos; cambié el orden en que atacaba, y con él, cómo me sentía.
Hay dos métodos probados, y la diferencia entre ellos no es tanto financiera como emocional.
Avalancha: primero la más cara
Pagas el mínimo de todas y metes todo lo que puedas en la deuda con el interés más alto. Cuando cae, pasas a la siguiente. Matemáticamente gana: pagas menos intereses en total y sales antes. El pero es que la deuda más cara suele ser también la más grande, así que las primeras victorias tardan en llegar, y ahí es donde mucha gente —yo incluido la primera vez— tira la toalla.
Bola de nieve: primero la más pequeña
Igual, pero atacas la deuda más pequeña primero, sin mirar el interés. Pagas algo más en total, pero cierras deudas rápido. Y cada deuda cerrada es un empujón, una prueba de que el plan funciona.
Yo no aguantaba tirando solo de fuerza de voluntad hacia un premio lejano; necesitaba ver avances por el camino. Cerrar deudas pequeñas, una tras otra, me dio justo eso: pruebas constantes de que el plan funcionaba. Esos pequeños “hecho” me sostuvieron más que cualquier cálculo.
Cuál elegir
Si aguantas un tiempo sin ver resultados, avalancha: te ahorra dinero. Si necesitas victorias para no abandonar, bola de nieve: te ahorra el plan. No hay una respuesta correcta universal; hay la que tú vas a terminar. El mejor método no es el más eficiente sobre el papel, es el que sigues haciendo en el mes seis.
Lo que no funciona —lo probé— es no elegir ninguno y repartir sin rumbo. Elegir, aunque sea imperfecto, ya es media batalla. Y cerrar la última deuda no me hizo rico: me hizo libre, que resultó ser lo que buscaba desde el principio.
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Contenido educativo, no asesoramiento financiero.